Por qué el dios griego Kairós sigue siendo tan importante en los momentos clave de nuestras vidas
"Ahora o nunca". Pocas expresiones resumen mejor una experiencia humana universal: la sensación de que existe un instante preciso para actuar y que, si lo dejamos escapar, quizás no vuelva. A menudo solo entendemos la importancia de esos momentos cuando ya han pasado. Y entonces llegan los lamentos: "¡Si hubiera dicho algo en ese momento!". O los reproches: "¿Cuándo voy a aprender a no abrir la boca?". Pero también las celebraciones: "Menos mal que me atreví". O la satisfacción de descubrir, a posteriori, que una decisión tomada en el último minuto fue exactamente la correcta. Los griegos antiguos hicieron algo más que percatarse del valor de esos soplos fugaces: les dieron nombre propio, kairós (kaiρός), y los convirtieron en concepto. A diferencia de cronos (χρόνος), el tiempo que avanza, el del calendario y el reloj, kairós era algo más esquivo: la ocasión oportuna que se abre y se cierra, el instante en que algo —una palabra, una decisión, una acción— puede ocurrir con toda su fuerza o perderla para siempre. Así, mientras cronos expresaba la concepción cuantitativa del tiempo —la duración, la edad, la velocidad—, señaló el filósofo John E. Smith, de la Universidad de Yale, kairós apuntaba a su carácter cualitativo: la posición especial que ocupa un evento en una serie, el momento que marca una oportunidad que tal vez no regrese. En esencia, no todo instante es igual: algunos tienen peso, y ese peso no se mide en horas. Para el mundo griego, ese peso era tal que merecía más que un nombre, así que lo encarnaron en un dios.
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